El presente es lo único que tenemos como la mayor certeza, es lo que está pasando a nuestro alrededor, lo que percibimos y pensamos en cada momento dado. El tiempo no duda, marcha obstinado hacia adelante sin preguntarnos, sin clemencia ante nuestros quejidos y tropiezos. Ahora bien, el tiempo puede limitarte, poseerte como un veneno entumecedor que te asfixia con cada tic – tac del segundero, condenando tu vida a la insoportable espera de la muerte. O también puedes poseerlo a él, apropiándote de cada segundo que pasa, haciéndolo más lento o rápido según tu antojo, utilizando el espacio según el deseo y necesidad que tu cuerpo solicite. Una vez que nos decidimos a extirpar el tiempo del reloj y poseerlo en nuestras manos, ya se ha vuelto nuestro tiempo, y con un poco de práctica seremos más dueños de nuestras vidas.

Lxs pobres estamos acostumbradxs a esperar. Pasamos gran parte de nuestra existencia en diferentes salas de espera, ya sea para trámites burocráticos, transporte, cobrar, irse de vacaciones, etc. El clima de la sala de espera generalmente contrasta con el clima de la calle, generando un ambiente ficticio y adormecedor que hace más soportable la masacre de segundos. Además el fin de la espera es algo que reconforta inmediatamente, porque después de un trámite pesado, se siente la satisfacción de estar haciendo lo correcto como ciudadanx, es decir, de utilizar el tiempo para actuar idénticamente al resto y ser unx más. Si contamos cuántas horas perdemos en la espera el resultado es penoso, pero es un sacrificio necesario para mantener vivo este sistema que pretende regularnos a todxs por igual, mediante una maquinaria enorme que intenta no dejar vacíos, que intenta colocar a cada unx en su lugar de producción y consumo. Es imposible la continuidad del sistema capitalista si no nos sometemos a una espera que abarca la mitad de nuestras vidas; es imposible porque no contarían con el tiempo necesario para ordenarnos como ovejas, para tener un seguimiento de cada unx de nosotrxs, para darnos la sensación de seguridad y prosperidad que necesitamos para morir anestesiadxs y sin haber vivido.

Esperar las vacaciones para sentir una breve dosis de felicidad es absurdo, pudiendo arrebatar el tiempo restante que está destinado a engordar al patrón. Además el capital no descansa en enero, más bien alcanza un auge en sectores como el turismo y nos invita a caminar por sus coloridas calles principales, repletas de cultura, gastronomía, productos “eco-friendly”, todo para el consumo dirigido a un público diverso. Ya antes de que se acabe la temporada, el sujeto está buscando volver a la comodidad de la rutina, porque la costumbre de tener poco tiempo de ocio y reflexión lo ha llevado a asustarse de sí mismo al sentir una especie de “exceso de descanso”. La rutina enfermiza también provoca adicción.

La espera como no-actividad también se traslada al terreno político, disfrazada de mesías vomita todos sus discursos prometedores y futuristas que no proponen nada concreto para el presente, sino solo un voto de fe a un partido, a un mejor gobierno. El ropaje más engañoso de la mortal espera se encuentra en la doctrina de la izquierda, que en momentos de efervescencia revolucionaria eleva un grito cobarde llamando a la espera. Esperar las condiciones, o esperar a la resolución de un congreso de iluminadxs, nada que les interese a lxs revolucionarixs que crean sus propios espacios de resolución directa, sin delegaciones. Cuando reina la paciencia en momentos claves, es porque alguien “superior” está resolviendo nuestros propios problemas, mientras nuestra voluntad queda congelada en el tiempo y nuevamente quedamos supeditadxs.

La espera nos vuelve seres decadentes, envejecidos, dejando que el tiempo nos pase por encima. Si no aprendemos a apropiarnos de cada segundo y vivir intensamente la única vida que tenemos, estaremos más lejos de la libertad. Nos cansamos de esperar, somos inquietxs y vamos por la superación de lo actual, sin pedir permiso a lxs tiránxs que fraccionan nuestro tiempo a su servicio. Apropiarse del tiempo implica luchar contra la dictadura del reloj, contra el capital que ha usurpado toda nuestra vida, y derribar las barreras imaginarias que nos hacen descreer de nuestro potencial para cambiar las cosas.

             Liber Lucta

(Extraído de periódico anarquía)